Entrada 10: La caida de Santa Rosa de Quives
Finalmente, no hemos podido resistir en Santa Rosa de Quives ni un solo dÃa. Al llegar por la mañana a Santa Rosa, pedà ayuda al guardia civil que estaba a cargo de la ciudad para poder comunicarme tranquilamente con el ejército. Este nos llevó a la parte de atrás del pueblo, cerca al pozo de los deseos, para poder conversar tranquilamente. Allà le explique la situación: los zombies venÃan en camino y Canta y Obrajillo habÃan caÃdo, y los zombies atraÃdos por el ruido, llegarÃan pronto. Hablé con el responsable del ejército en el cono norte (de Lima) y les dijo que era urgente la evacuación de Quives y aledaños. A regañadientes, me permitió evacuar a Comas a todos los que pudiera antes de llegaran los primero zombies. En cuanto viésemos a 1, tendrÃamos que detener la evacuación. Cuando Ãbamos a preparar la evacuación llegó el primer problema: llegaba gente de Lachaqui huyendo de los zombies. Entre los que huÃan habÃa heridos y todo, por lo que al final empezamos a tener zombies dentro de la ciudad. La situación se habÃa descontrolado totalmente.
Sólo un camión con 20 personas pudo salir a tiempo. De los que nos habÃamos quedado, solo 8 logramos salir. El Tico que iba detrás nuestro, volcó por los zombies y de sus 2 ocupantes no se nada. Del resto de las más de mil personas de la ciudad, no tengo ni idea. Algunos se encerraron en la Iglesia de Santa Rosa de Lima, y el resto no lo se. Sólo habÃan gritos, pánico y los soldados y policias disparando a cualquiera que corriese, ya sea persona sana, infectado o zombie.
La llegada a Carabayllo fue terrible. Aunque no me lo habÃan comentado, allà se preparaba la resistencia contra los zombies que venÃan por el rÃo Chillón. Aprovechaban la parte más angosta del rÃo para intentar detenerlos. Lo primero que hicieron fue desnudarnos a todos, para comprobar que no tenÃamos ninguna herida en el cuerpo, luego de lo cual nos dejaron marchar. HabÃa allà un sargento que me obligó a revivir todo lo ocurrido.
Estaba asustado, desorientado y no sabÃa que hacer. Les pregunté a los 4 soldados que aún quedaban conmigo de la visita a Canta si querÃan quedarse allà para defender Lima. Me dijeron que tenÃan orden de protegerme y que irÃan conmigo a donde fuese.  Sin saber que hacer, con mi radio y mis 4 protectores, fui al único sitio donde me sentido seguro toda la vida: a la casa de mis padres.













