Entrada 14: Nos vamos del edificio de Essalud de Domingo Cueto

Una mañana, ha dejado de subir agua al quinto piso. No hubo ningún ruido extraño. Simplemente, el agua dejo de subir. Y estamos todos asustados. Rápidamente hemos bajado hasta la tercera planta, que es la planta más baja donde aún podemos llegar sin muchos problemas y estamos igual de jodidos: no hay agua. Sólo nos quedan unos 3 litros y somos 30 personas, así que estamos viendo que opciones tenemos para poder escapar, porque no creo que podamos soportar 1 día mas allí. Había sido una negligencia por nuestra parte no almacenar agua: al principio sí lo hacíamos, pero luego de 6 meses, habíamos perdido esa costumbre. Y ahora tendríamos que salir de allí a la desesperada y sin tener una idea clara de a donde ir.

Sólo podíamos intentartar salir a la calle y huir a un sitio donde podamos sobrevivir, para lo cual tendriamos que ir rompiendo las defensas que habíamos puesto en las escaleras. El ir rompiendo nuestras defensas tenía un problema: nos quedábamos a merced de cualquier zombie que estuviese en el edificio. Pero no teníamos más remedio. Pronto la sed y el hambre, o la preocupación por nuestra situación, haría que cometiéramos alguna estupidez y terminariamos siendo comida para no-muertos. Cuando comentamos nuestra situación por radio, nos dijeron que podríamos dirigirnos hacia el Pentagonito. Y que si no lo  conseguíamos, fuésemos hacia la fortaleza del Real Felipe en el Callao. De zonas peligrosas, nos han dicho que el cono norte y Villa el Salvador-Villa María del Triunfo eran lugares poco recomendables.

Lo primero fue ir quitando poco a poco los escritorios, sillas y lo que encontramos para taponar las escaleras  que dan al segundo piso intentando hacer el menor ruido posible y, además, intentando no deshidratarnos excesivamente -vamos, sin sudar demasiado. Nuestra idea era llegar a la puerta de Domingo Cueto por las escaleras y ver como escapar. Y mientras un grupo nos dedicábamos a eso, el resto iba preparando aquellas cosas que consideraban íbamos a necesitar en nuestra huida: agua, las baterias de las radios cargadas, etc.  Luego de 2 horas, logramos al fin llegar al segundo piso.

En grupos de 3, revisamos el segundo piso. Queríamos asegurarnos de que no aparecería un indeseable mientras estábamos ocupados intentando bajar al primer piso, donde hacía meses que no íbamos y donde, en teoría, había un zombie. En este caso, el bloqueo de la escalera no se había hecho tan a consciencia y, al final, tuvimos un apoyo inesperado: nuestro vecino el zombie del primer piso.

Porque al sentir el ruido del inicio del desescombro de la escalera, se acercó a investigar y fue vernos y alocarse. Los zombies son muy curiosos y, por lo que he podido ver en este tiempo, siempre van a buscar cualquier ruido que escuchan -parecen tener un oído muy fino. Cuando están tranquilos (y no ven comida cerca) arrastran los pies con la mirada perdida y caminan como sin rumbo. Pero una vez que ven a una posible víctima (sea humano y/o animal) cambian totalmente: la cabeza se vuelve inmediatamente en la dirección de la víctima. Ponen la boca lista para morder y, lo peor, empiezan a emitir ese extraño sonido que les sale del pecho, como si fuera un gemido; el más triste y angustioso gemido que puede emitir el cuerpo humano.

Nuestro vecino el zombie empezó a golpear y romper de forma desesperada lo que cubría la escalera. Se hacia daño, pero daba igual: quería morder nuestros cuellos, quería probar sangre humana. Al principio estuvimos todos muy asustados y estuvimos a punto de dispararle, pero al final dejamos que nos ayudara un poco ya que no podría atacarnos antes de quitar todo el escombro de la escalera y preferíamos aún no utilizar ningún arma para que no nos escucharan. Antes de poder matar al zombie con un palazo en la cabeza pasaron 2 horas: 2 horas en las que estuve a punto de volverme loco por ese gemido.

Que tranquilidad fue quitar esos últimos restos sin escuchar el gemido del zombie. Y, eso sí, antes de seguir nos dedicamos a revisar a consciencia el primer piso, para evitar sorpresas y que pudiesen bajar todos a la primera planta para emprender una rápida huida. La revisión del primer piso nos mostró el vehículo en el que escaparíamos: uno de los autobuses que se utilizaban para las donaciones de sangre. En teoría, la llave estaría puesta en el autobús o estaría colgada en la garita de control de los vehículos con un llavero que llevaba impreso el número de la placa. Pero también nos mostró que nuestros enemigos estaban en los alrededores, como paseando, como si estuviesen esperando a que saliésemos para devorarnos. Además, no sabíamos a lo que nos enfrentaríamos cuando intentásemos llegar al autobús. En teoría, estaba toda la zona de abajo y el estacionamiento lleno de zombies. Y teníamos que pasar 30 personas sin que nos detectaran hasta subir al autobús. Porque una vez que el autobús arrancara y sonara el motor, todos los zombies de alrededor irían a buscarnos. Y tendríamos que salir por la puerta de Arenales, para llegar rápidamente al autobus. Con lo cual, los zombies que estaban en la calle, aunque no podrían atacarnos por las rejas que vimos que aún estaban en su sitio, empezarían a emitir ese gemido lastimero que termina atrayendo a todos los demás.

Los que había preparado las cosas que deberíamos llevar, se habían dedicado a consciencia. Habían llenado varias mochilas con comida liofilizada, la poca agua que nos quedaba, la radio, las baterías, linternas, y no se cuantas cosas más. Aquí fue donde me dí cuenta que el concepto de “indispensable” era muy relativo. Porque iba a ser imposible cargar con todo eso al autobús y escapar. Así que al final solo llevamos el agua, la radio,  linternas y un sobre de sopa para cada uno.

El bajar a la primera planta, todos juntos y en silencio nos salió genial: ningún zombie se enteró de nuestra presencia. Jaime, este chico se merecía al menos 3 medallas, fue el encargado de ir a buscar la lleve del autobus, acompañado por uno de los médicos que estaba con nosotros. No se como, pero la cosa es que finalmente estabamos todos llegando al autobus cuando sonó la radio. ¡Mierda! Ese sonido como con interferencia y una voz femenina, la voz de Johana que llamaba para preguntarnos como íbamos, empezo a sonar a todo volumen. No tengo ni idea de cuantas ojos empezaron a verme, pero por un momento me sentí como el último caramelo en un kindergarden. Todos los zombies que nos veían, a la vez, empezaron a gemir y a venir hacia nosotros. Y el gemido termino alertando al resto de zombies de alrededor. Los de fuera no pudieron entrar por la reja, pero por los pasadizos del edificio de Arenales, empezaron a salir zombies de todos los tamaños. Y empezamos a disparar.

Al principio nos fue bien, porque eran pocos zombies dentro. ¡Y Jaime que no aparecía! Pero cuando empezaron a llegar más, fue imposible el contenerlos. Estuve a punto de decirle al grupo que fuesemos al edificio otra vez, cuando apareció Jaime disparando y ayudando al doctor que le había acompañado a caminar, al parecer herido. En nuestra zona de defensa, hubo 1 chico que fue arañado por uno de los zombies y el resto logramos subir al autobus sanos y salvos. Además, una señora mayor, el típico retrato de una abuela, terminó sufriendo un infarto en el autobus, cuando empezabamos a huir.

Yo me puse de copiloto, intentando tranquilizar a Jaime para que avanzara despacio contra la reja, y contra los zombies. Porque la idea era atravesar la reja con el autobús, pero sin romperlo. Nos costó un poco, pero finalmente la reja cedió y estuvimos en la Av. Arenales. Recordando que estaba cortada por nuestro convoy anterior, le dije que cogiese la Av. Arequipa y fuese hacia San Borja por la Javier Prado. Nunca intenten escapar en un autobús: es una mierda de vehículo. Poco maniobrable, no es precisamente rápido, traga gasolina que da gusto y hace un ruido, capaz de atraer a zombies a varios kilómetros de distancia. Pero al menos, cumplió su función: nos protegió de los zombies y pudimos salir de nuestro escondite.

Nuestra primera sorpresa, fue encontrar que estaba bloqueada la Arequipa, por lo que tuvimos que coger la Av. Arenales. Y yo estaba que me cagaba del miedo. Menos mal que cuando llegamos a la Javier Prado, me pude relajar un poco. Pero nuestros problemas no habían hecho más que empezar. Los vehículos accidentados, que gracias a Dios no eran tantos, nos demoraban porque Jaime tenía que maniobrar con el autobús. Y esta demora hacía que los zombies que se encontraban cerca se acercaran, mirándonos como comida enlatada mientras gemian y golpeaban el autobus.

Intentamos coger el Pentagonito por la Panamericana Sur como lo había hecho antes. Pero las cosas habían cambiado mucho durante los más de 6 meses que estuvimos fuera. El camino estaba destruido, había boquetes de bombas o misiles o yo que sé que hacía intransitable esa ruta justo antes de llegar al Pentagonito. Y zombies por todos lados. Por lo que tuvimos que empezar a retroceder lentamente hasta llegar nuevamente a la Carretera Panamericana para ir por la Primavera y la Av San Luis para coger la Av. San Borja Norte a la entrada principal del Pentagonito. Fueron 15 largos minutos, porque los zombies estaban pegados al autobús y no queríamos darles con fuerza. No por cuidarlos, sino por no romper el autobús. Fue una experiencia muy curiosa. Porque un chico de unos 12 años se había puesto al lado de mi ventanilla y se pasó los 15 minutos golpeando con la mano el autobus. Cuando finalmente ibamos a llegar a la Av. Primeravera, vemos que el puente ha caído, y que por el otro carril, podemos seguir avanzando hacia el sur…

Así estábamos: 1 cadáver y 2 heridos, posiblemente infectados con el virus de los zombies, junto a otras 27 personas sanas que luchaban por sobrevivir. Sin rumbo, camino hacia el sur…

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Apocalipsis, historia de zombies

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